TORTUGAS TERRESTRES, MARINAS Y GALÁPAGOS


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Las tortugas marinas, las terrestres y los galápagos constituyen el antiguo grupo de los quelonios, que lleva 250 millones de años sobre la tierra. Al igual que los cocodrilos, no han cambiado mucho desde su aparición. Se trata de un grupo bien adaptado, compuesto por más de 100 especies. Como todos los reptiles, no pueden regular su temperatura corporal y suelen vivir en zonas tropicales o subtropicales, aunque su distribución es más amplia que la de los cocodrilos.

Los quelonios son animales inconfundibles. Están protegidos por una armadura consistente en un caparazón curvo sobre el dorso y una placa ósea en el vientre. Muchos de ellos pueden ocultar la cabeza dentro del caparazón y bloquear la entrada con las extremidades, lo que resulta un eficaz método defensivo.

Una de las desventajas de esta armadura es que dificulta su respiración, ya que las costillas, adheridas al caparazón, no pueden distenderse para introducir aire en los pulmones. En su lugar tienen que bombear el aire mediante movimientos de la cabeza y las extremidades. Otra característica de los quelonios es que carecen de dientes. El reborde óseo de sus mandíbulas está recubierto por una sustancia córnea muy afilada. Sin embargo, esto no les impide alimentarse tanto de animales como de vegetales, ya que sus mandíbulas pueden asestar fuertes picotazos.

Actualmente no quedan muchas tortugas marinas. Destacan entre todas la tortuga verde (Chelonia mydas), famosa por la sopa de tortuga que con ella se prepara, la carey (Eretmochelys imbricata), famosa por su caparazón, la tortuga laúd (Dermochelys coriácea) y la tortuga boba (Caretta caretta), que se encuentra a veces en aguas templadas. La laúd, de hasta 2,5 metros de longitud y 816 kilos de peso, es el quelonio más grande que existe.

Las tortugas marinas se desplazan hasta la orilla a poner los huevos. El comportamiento de la tortuga verde ilustra a la perfección las costumbres de las demás. Se trata de animales migradores que abandonan las aguas de la costa de Brasil, donde encuentran su alimento, y atraviesan el Atlántico —¡un viaje bien largo!— hasta la isla de la Ascensión para criar. El apareamiento se realiza en el mar al final de la migración y después la hembra se arrastra hasta la playa durante la noche para poner los huevos. Hace un hoyo por encima del nivel de la marea con ayuda de sus patas y va hundiéndose lentamente en la arena hasta que el dorso queda por debajo del nivel del suelo. Entonces excava un agujero y deposita en él unos 100 huevos del tamaño de una pelota de pimpón.

Una vez hecho esto, cubre los huevos con arena que deja sin aplastar, por lo que resulta fácil descubrir su emplazamiento. Desgraciadamente, los huevos de tortuga son muy apreciados por el hombre y otros- depredadores. El laúd sí aplasta la arena, además de remover la de una zona muy amplia, para proteger el nido.

La tortuga verde, agotada tras pasar la noche excavando, vuelve al mar jadeando. Por desgracia, la destrucción de las áreas de anidamiento de estas tortugas y de las carey está reduciendo su número, con peligro de que se extingan. No obstante, actualmente se han protegido algunas de estas zonas, lo que quizá permita su supervivencia.

Las tortugas de agua dulce se encuentran por todo el mundo. Algunas, como la tortuga pintada americana (Chrysemys picta), tienen hermosos colores; otras, como la australiana de cuello de serpiente (Chelodina longicollis), presentan un aspecto extraño. La tortuga malaya de cabeza grande (Platysternon megacephalum) tiene un nombre científico muy descriptivo: pecho plano y cabeza grande. Efectivamente, tiene una gran cabeza cubierta por una armadura córnea que le impide introducirla en el caparazón.

Algunas tortugas de agua dulce cuentan con otra estrategia defensiva más. La tortuga almizclada (Sternotherus odoratus) se defiende lanzando sobre su atacante un líquido muy desagradable segregado por dos glándulas que tiene en los costados. Esta especie pone sus huevos debajo de troncos en descomposición o los entierra en el barro; los diminutos recién nacidos apenas si miden 2,5 centímetros de longitud. No todas las tortugas de agua dulce persiguen a sus presas, sino que algunas esperan a que éstas se introduzcan nadando en su boca.

La tortuga caimán (Macrochelys temmincki) permanece en el fondo de una charca con la boca abierta y agita su lengua rosada con aspecto de gusano. Los peces la confunden con uno y, cuando se acercan, la tortuga cierra rápidamente la boca. Las tortugas terrestres tienen un aspecto bastante diferente de las acuáticas, ya que sus caparazones son altos y abombados. Se encuentran en todas las regiones tropicales y subtropicales del mundo, la mayoría en lugares secos y arenosos, si bien las hay que viven en los bosques. La mayoría son herbívoras, aunque también se las ha visto comer carroña.

La tortuga griega o de jardín (Testudo graeca) y la tortuga de Hermann (T. hermanni) son animales de compañía muy corrientes en todo el mundo. En las zonas templadas hibernan. La costumbre de tener tortugas como animales de compañía ha servido para descubrir cuántos años viven. Es conocido el caso de una famosa tortuga, propiedad del arzobispo Laúd, que vivió en los terrenos del palacio de Lambeth, en Londres, desde 1663; aunque existen ciertas dudas sobre la fecha de su muerte, existe una versión según la cual esto sucedió en 1730, en cuyo caso tendría más de 97 años, y otra según la cual ocurrió en 1753, lo que elevaría su edad a 120 años.